Un día se despertó y vio que la vida no era justa. No se sentía parte del mundo, no estaba ligada a nadie ni a nada. Sólo le quedaba esa poesía oscura que leía en los libros de Baudelaire.Siempre se escondió de la humanidad, y vivía sumergida en la oscuridad de su habitación solo con la tenúe luz de las velas que la custodiaban.
Escribía tristes versos y macabros párrafos, que transmitían la poca seguridad que tenía en si misma y la mente retorcidad, pero sin maldad, que poseía.
Era feliz en su mundo de soledad, nunca había necesitado a nadie para pasar el tiempo y aprovechar su vida.
Pero... un día... empezó a necesitar la presencia de ciertas personas, que la envolvieron. Parecían seres afines a ella, con las que compartir todo lo que había compartido con la soledad.
Pero, al pasar el tiempo... esas personas fueron cambiando, se volvieron corrientes y acordes a la humanidad, y ella... ella seguía siendo ella... y seguía sin encajar en ese mundo de locos.
Y de nuevo volvió a su soledad de antaño... la diferencia, empezó a echar de menos la compañía. Y comenzó a ser infeliz, todo lo que antes había disfrutado sola ahora le apestaba, no soportaba encerrarse en su habitación con sus libros y sus cuentos.
Descubrió el verdadero significado de la soledad, de los sentimientos... de la vida. Y decidió que no le gustaba, le asqueaba tener que depender de alguien para ser feliz, odiaba sentarse en su habitación e innundarse de recuerdos... no podía soportarlo.
Ella siempre había estado sola, pero esa soledad la había elegido por sí misma, ahora se la habían impuesto, no podía... no podía... la locura la sobrepasaba.
Y como en un de sus escritos que se encontró después de que se suicidara: "La vida... no puede ser impuesta... la vida así, no es vida".