No lo intentes.
Sí la vida es bonita, si eres feliz, si por tu cuerpo solo corre dicha... no, no sigas adelante, no te adentres en este blog.
Esta lleno de dudas, miedos, inseguridades, dolor, ira, rabia, muerte, destrucción, desolación, soledad...
No es apto para mentes sensibles.
¿Te atreves?
Yo ya te avisé, bienvenido al mundo del olvido.
25 de mayo de 2013
Escrito del 31/07/2012
Sentada desde el banco de la soledad veo el ir y venir de la gente, unos corren hacía algún destino, otros pasean con sus hijos, algunos van a la playa y otros buscan el sentido de su vida. Pero desde aquí, también se ve el mar, está en calma, pero el tráfico de la ciudad se escucha en cada esquina. una mariposa se ha posado a mi lado, ella también debe de estar cansada de su eterno viaje, al igual que yo. un tren corre por las vías, chirriante sonido se filtra en mis oídos. ¿Cómo poder escuchar la suavidad del mar? Un niño llora. Ésta calor es abrasadora pero yo no tengo miedo, sé que no arderé. La gente sigue su camino mientras que yo no me muevo de este banco esperando encontrar el sentido de mi vida mientras relleno hojas de tachones en una libreta vieja de recetas. la gente habla animadamente, ríen... se van a la playa. yo otra vez me quemaré en este absurdo verano mientras veo pasar las horas. Este sitio me tranquiliza, aunque hay otros muchos más que lo hacen, aquí se está a gusto y en paz. Delante puedo ver el puerto pero los barcos están aproados, no se mueven, ¡ah! mi padre también es marinero. Solo hay movimiento en los camiones que van y vienen transportando toneladas de pescado para abastecer vete tu a saber cuantas familias. una suave brisa me ha movido el pelo y me ha dado en la cara, una caricia, una caricia tan dulce y placentera que hace que me estremezca. las moscas revolotean a mi alrededor, pero ahora mismo ni me molestan, solo las miro como vuelan hacia ningún lugar. El puente no tiene descanso, conoce gente a cada segundo y yo me pregunto si no se cansará. Un grupo de chicas adolescentes pasan por mis ojos hablando del novio de una amiga, se dirigen despreocupadas a la playa. Siento la imperiosa necesidad de darme un chapuzón, levantarme del banco y correr hasta llegar al mar y perderme en su inmensidad pero sigo aquí, anclada en el banco de la soledad mientras la gente sigue al pasar. Cojo un cigarrillo y lo enciendo, tengo la boca seca. Las piernas se me entumecen y tengo que cambiar la postura. VA otra calada. Me pregunto, ¿qué hago aquí? Otra calada. Un barco se mueve, no es hora de salir a la mar, habrá roto las redes o irá a repostar. Una vez en la procesión marítima de mi pueblo, en el epicentro del océano el barco se perdió en la inmensidad y lo tuvieron que remolcar. El cigarro se consume, no se si aquí se puede fumar. Los perros son paseados, estarán muertos de sed. Y una golondrina pasea por la hierba que tengo atrás. El cigarro se termina y el hierro de mis pantalones quema. La ciudad está tranquila pero el leve sonido de su movimiento se percibe con claridad aunque a veces me olvido de él. Una amiga me encuentro y me pregunto que hago, yo le digo que escribir, ella sigue su camino. El móvil está apagado, no quiero distracciones pero debo mirar la hora. Son las 12.51, llevo una hora aquí sentada rellenando folios con a saber qué. La gente me mira al pasar, lo que no saben es que los observo y escribo sus movimientos. Un bostezo, el sol me da sueño pero estoy tan tranquila que me abandono al sentimiento de paz que me transmite. Las moscas comienzan a ser pesadas, me pican los brazos y las piernas, las sacudo pero ellas vuelven, les gusta mis sangre y yo se la regalo. Gente sin camiseta, pensaba que estaba prohibido. Un barco vuelve, es otro, y los camiones siguen moviéndose, habrá sido buena noche, para mi padre sí. Una continua brisa me acuna, ahora estoy fresquita. Un niño con el chándal del Barça corre detrás de su padres que va en bicicleta y el padre le saca la lengua, el niño se ríe. Las mujeres llevan menos ropa y yo ya no sé como colocar mis piernas. Juego con el bolígrafo mientras veo la vida pasar, la gente con sus historias pensando que harán. Una caña, ahora, me vendría bien, en una terraza para poder seguir disfrutando del día y no parar de escribir, pero está muy cerca de casa y allí me encontrarán, sigo anclada en el banco de la soledad. Algún cambio pero nada importante. La gente habla en alto, no entiendo porqué. La golondrina sigue ahí, había dejado de escucharla. Respiro profundamente dejando que el aire se pose en mi piel mientras observo la vida al pasar desde el banco de la soledad. Me resulta difícil escribir mientras camino. Ya estoy en la cervecería, enciendo el móvil, la gente se preocupa y nadie sabe que me he ido, nadie sabe donde estoy. Me llaman, tengo que decir donde me encuentro. Aún no tengo mi caña y la garganta está seca. Llegan. Acompañada de la caña viene una tapa de ensalada de pasta. La cerveza corre por mi garganta, ¡qué gusto! Pero ya no estoy sola. Demasiada mayonesa, no la puedo disfrutar, agría mi garganta y un trago de cerveza vuelve a bajar. Discusiones. Palabras vacías. Otro trago de cerveza. Un cigarro sacado del bolsillo de mi pantalón, ¡sí nicotina! Olor a mar, hablar de las playas se me filtra el olor por la nariz. El mar, y aquí se ve tan pobre y tan basto. La cerveza baja, dulce gusto La sensación de paz se ha ido, se ha esfumado, es tan efímera. Otro cigarro y la cerveza desaparece. Palabras en el medio, conversaciones furtidas. Otra cerveza. Calada tras calada, trago tras trago.
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