No lo intentes.

Sí la vida es bonita, si eres feliz, si por tu cuerpo solo corre dicha... no, no sigas adelante, no te adentres en este blog.
Esta lleno de dudas, miedos, inseguridades, dolor, ira, rabia, muerte, destrucción, desolación, soledad...
No es apto para mentes sensibles.
¿Te atreves?
Yo ya te avisé, bienvenido al mundo del olvido.

5 de febrero de 2012

Llovía fuerte y las gotas caían por mi cara, resbalando por mis mejillas como si de lágrimas se tratasen. Y eso no la reconfortaba.


Su historia era trágica llena de infortunio y contrariedades. La vida no había sido fácil para ella, y ahora tampoco lo era.

Su familia siempre se despreocupó de ella, vivía con su madre, su padre las había abandonado cuando ella todavía no había cumplido los tres años. Su madre era prostituta y siempre llevaba a sus clientes a su propia casa donde su hija veía el ir y venir de hombres y escuchando sus gritos y sus jadeos desde su minúscula habitación.

En su vida privada, su madre no era mucho mejor, estaba con hombres brutos y alcohólicos, que le pegaban un día sí y otro también, y no solo a ella si no también a su hija, mientras ella no hacía nada por evitarlo. Incluso ella era una borracha y drogada, que, a veces, le pegaba a su propia hija.

La inocente niña, para poder sobrevivir, tenía que robar comida, se vestía con la ropa que encontraba tirada en los cubos de basura… El vecindario le causaba lástima, pero nadie hacía nada por ella.

La niña siempre había ido al colegio por cuenta propia, su madre simplemente le decía: "Vete, y si quieres no vuelvas". Y un día, cansada de tanta indiferencia y dolor, no volvió.

Con tan solo 9 años la niña se internó por las frías calles de Barcelona, sin tener a donde ir, sin saber que hacer. No tenía comida, ni un cobijo donde guarescerse de la lluvia que poblaba el cielo, sus ropas estaban llenas de agujeros y se moría del frío…

Un día dormía en un banco, cuando la lluvia no amenazaba, otros días dormía en el portal de diferentes edificios, algunos otros, ni siquiera dormía. Comía de lo poco que encontraba por los contenedores de basura, abriendo bolsas y bolsas llenas de mierda. Enfermaba muy a menudo dadas las pobres calidades de vida que poseía, por no decir ninguna.

Cierto día soleado (ironías de la vida), la chica, cuyo nombre ni ella se acordaba, estaba moribunda debajo de un pequeño puente de Barcelona. A penas respiraba, la falta de alimentación se notaba a simple vista, de su ropa llega de agujeros apenas quedaba nada, tan solo unos pequeños jirones. La chica estaba a punto de morirse, pero, por suerte o por desgracia, ella aún no lo sabía, una mujer la encontró.

Inmediatamente llamó a una ambulancia, pero tan pronto como lo hizo se fue, dejándola allí abandonada como si de un perro se tratase, tal vez si fuese un perro aún la hubiese tratado mejor, mucho mejor, pensó ella tiempo después.

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